Apuntes autobiogràficos

Prólogo

Cuando visitamos una exposición de pintura y contemplamos toda la obra expuesta, siempre queda una pregunta en el aire, al menos para mí, ¿por qué este pintor tiene esta temática, qué razón le impulsa a pintar así? Los críticos de arte escriben sobre el pintor tratando de asimilar su obra a pintores ya consagrados por la fama o a si mismos ya pasados, pero no justifican o contestan a esa citada pregunta tan importante para hacer una buena crítica de la obra pictórica del pintor.

Por tanto, creo, que la mejor manera de hacer un buen recorrido sobre mi pintura es considerar primero el origen y razón de la misma.

Niñez y adolescencia

Creo que cuando yo nací Dios puso en mí la simiente de la pintura como medio de expresión, de comunicación con los demás, pues no he sido buen orador, ni buen escritor, ni siquiera he recibido genes de ascendentes que brillaran en estas facetas. Además de la predisposición al arte, es fundamental el esfuerzo personal, desde niño. Cuando aprendí las primeras letras en la escuela, tenía tanto interés en hacerlo bien, en estructurar los textos e ilustrarlos, que el maestro ponía mis cuadernos como modelo para los demás niños.

Nací en el 16 de julio de 1925 en una casa de la calle Maestro Mora de Yecla, cerca de la Ermita de San Cayetano, que fué incendiada en la Guerra, y actualmente se alza sobre el solar un mercado. A los 8 años fuí a una academia de dibujo cerca de mi casa, donde nos enseñaban a dibujar partes del cuerpo humano, narices, ojos, bocas etc. entre otras cosas. Yo tenía una libreta rayada en la que dibujaba elementos urbanos, casas, ventanas con rejas, fachadas en donde garabateábamos los niños etc., por supuesto con dibujos muy simples. Recuerdo que en mis pequeños recorridos por las calles inmediatas a mi casa, me llamó la atención la casa de enfrente de San Cayetano, la “Casa del Cura”, cuya puerta de entrada estaba algunas veces entreabierta y un chico, algo mayor que yo, con babero negro, que se llamaba José Luis, se asomaba curioseando para ver lo que pasaba en la calle, lo cual atrajo mi atención para hacerle un dibujo en mi cuaderno. Por otra parte, yo iba de vez en cuando a dicha Ermita a oír el tintineo de las muchas campanitas, que sujetas a la periferia de una rueda, giraban vertiginosamente mediante una cuerda que accionaba el mismo chico curioso citado anteriormente. Era el momento de la consagración de la misa. Por supuesto, después de tantos contactos nos hicimos amigos. Después de varios años me enteré que se trataba de nuestro paisano y muy amigo José Luis Castillo-Puche, siendo esta la primera vez que nos encontramos en nuestras vidas.

Posteriormente vino la Guerra Civil Española y mis padres con mis hermanos mayor y menor, Serafín y Ramiro, se vieron obligados a vivir provisionalmente en Alicante y a mí me mandaron con mis abuelos paternos Serafín y Francisca, que también vivieron en la calle Maestro Mora, los cuales como agricultores que eran, pasaban la semana laboral en la casa de campo de la finca que tenían a unos 15 kilómetros de Yecla con mis tíos Antonio y Ramón y mis tías Pilar y Celia, cuya familia cultivaban la extensa superficie de tierras que rodeaban la casa. Incluso los domingos me quedaba con mi abuelo en el campo, pues el pueblo estaba muy difícil y revuelto para un chico como yo, alto, delgado, de unos 11 años y de familia comerciante. Allí, en el campo, no había más chico que yo. La casa más cercana estaba a varios kilómetros, no podía tener amigos de mi edad con quien pudiera comunicarme, tampoco había escuela cercana. Me aburría y gracias a mi afición artística empecé a dibujar cosas del natural; y sobre todo a mi abuelo que frecuentemente posaba para mí con su bondadosa y ligera protesta, ¿otra vez? Era un modelo extraordinario por su amabilidad, por su cara redonda con esa variedad de valores que el tiempo y el duro trabajo de agricultor había dejado en su rostro y en sus manos.

A los tres o cuatro meses de estar en el campo le pedí a mi abuelo varias veces que quería trabajar como mis tíos. Siempre contestaba que yo era demasiado joven para esos trabajos tan duros. Entonces, después de tanta negativa, decidí coger un azadón grande y cavar una parcela que ya no se cultivaba, cuya tierra estaba tan duro como el turrón. Mi abuelo protestaba diciendo que me iba a romper los riñones, pero yo continuaba con mi decisión, pues, me sentía como si fuera una persona inútil, que no servía para nada, o sea, metafóricamente hablando, me sentía como si fuera una piedra de hierro impura, sacada de la cantera de la vida, que tenía que ser purificada en la fragua de la misma. Por fin, y después de tanta negativa, mi abuelo cedió a mis peticiones pensando que yo abandonaría, ante la dureza del trabajo. Y empecé a participar en todas las faenas propias del campo, cuidar y alimentar los tres pares de mulas que había en la cuadra, mullir las viñas, segar, trillar etc. Pero el resultado fue todo lo contrario de lo que mi abuelo pronosticaba, cada vez que realizaba una de las citadas faenas, era como un martillazo, continuando con el símil anterior, que moldeaba la piedra citada para obtener el metal, y así, golpe a golpe,

se forjó el hierro de mi alma, sintiendo una sensación de ser mayor, de ser más responsable, de ser fuerte ante los muchos problemas que en la vida me esperaban. Por otra parte, cuando llegaba la época de la recolección de la mies, trigo, avena, cebada etc.

Mi abuelo contrataba mano de obra para ayudar a los trabajos correspondientes: segar, acarrear las gavillas de mies a las eras, donde se amontonaban en grandes almiares para posteriormente trillarlas y separar el grano de la paja.

Estos segadores, después de estar todo el día trabajando bajo el sol radiante del verano, volvían a la casa al atardecer y devoraban una fuerte cena, gachasmigas con tropezones (salchichas o trozos de magro de cerdo) con muchas “cornetas picantes”, costillas de cerdo a la brasa o fritas con abundante pan y vino, y después de tomar esta cantidad de calorías. bailaban hombres y mujeres, contaban chistes, cantaban y reían. Yo los veía y no podía creerlo, me preguntaba: ¿ de qué están hechos, cómo se mueven después de un día de trabajo tan duro?.

Yo estaba atónito y a su vez entusiasmado y pensé, esta es gente sana, sencilla y sin prejuicios. Pues bien, esta manera de ser quedó gravada en mi alma de joven y deseaba ser como ellos. En realidad era uno de ellos, puesto que yo participaba en esas labores de recolección de la mies, sus explosiones de alegría aliviaban la soledad de mi alma de chiquillo que sentía durante esos años, que me parecían siglos, de ausencia de mis padres y hermanos. Esta carga espiritual que adquirí en esta gran experiencia quedó impresa en mi corazón y marcó mi vida futura y, por tanto, mi obra pictórica. Que conste que esto no lo digo con tristeza, sino como algo positivo que me ha hecho valorar la vida en su verdadera dimensión, aunque a veces como humano fallé en ciertos momentos. Después de acabada la guerra, mi familia quedó en una precaria situación económica y tuve que empezar a trabajar en la alcolera de Turu, en unas zarandas mecánicas que separaban el orujo de la uva del raspajo. El trabajo era duro, pues la misión de nosotros, los jóvenes, era llevar los capazos de raspajos a un gran montón. Pero aquellas zarandas iban tan rápidas que teníamos que correr para darle el servicio adecuado.

Por la noche asistía a una escuela de dibujo como alumno aventajado, que D. Teófilo, un hábil hombre funcionario de Ayuntamiento, montó al lado de nuestro hogar situado en la calle San Antonio esquina a la calle Numancia. En 1940 me dieron el Primer Premio de dibujo en el Concurso Regional Murciano de Dibujo Onésimo Redondo. En dicho año 1940 y después de las experiencias apuntadas en este recorrido, decidí estudiar, con la reticencia de mi padre que pensaba que no era una decisión muy acertada y sí tardía, porque ya tenía 15 años. Con la promesa de un buen aprovechamiento empecé a estudiar el Bachillerato, que entonces era de siete años, en el Colegio Politécnico de Yecla, dependiente del Instituto Alfonso X el Sabio de Murcia. En cinco años, estudiando invierno y verano, o sea en 1945, acabé dicho Bachillerato con matrícula de honor. En este año se realizó en dicho Colegio un concurso literario sobre Santo Domingo de Aquino en el cual recibí un Diploma de Honor por el buen trabajo presentado. En esta época tuvo lugar el Concurso Provincial Onésimo Redondo de Dibujo patrocinado por Falange Española, al cual concurrí con un dibujo que representa a una madre corriendo con su hijo en brazos, huyendo de los bombardeos de Paris, con la Torre Eiffel al fondo y con un ambiente de humo y explosiones por doquier, que recibió el Primer premio del concurso.

Época de madurez

 

Cuando acabé el Bachillerato tenía 20 años, la guerra atrasó mi formación, ya era dos años novio de mi actual esposa, Josefina, la musa de mi pintura. Por tanto tenía que estudiar una profesión que me permitiese perfeccionar mi arte pictórico, que afín de cuentas era mi verdadera vocación. Decidí estudiar Ingeniería de Obras Públicas y al mismo tiempo Maestro Nacional. En 1950 fui destinado a la Confederación Hidrográfica de Barcelona, en dónde nació mi primera hija Dulce María, actualmente escultora. Y asistí a la Escuela de Bellas Artes de San Jorge. En 1955 nos trasladamos a Valencia, destinado a la Confederación Hidrográfica del Júcar. En esta ciudad asistía al Círculo de Bellas Artes dónde dibujábamos desnudos al natural y al estudio del pintor valenciano Manuel Sigüenza, compañero y discípulo de Sorolla, que me repetía frecuentemente que yo no tenía problemas con el dibujo y el color. Desde que llegamos a Valencia, nuestra vida ciudadana se ha desarrollado en esta ciudad. Aquí nuestros tres hijos, Dulce María, Emilia y Francisco Juan, han crecido y se han formado y allí empezó mi carrera pública pictórica participando en exposiciones internacionales, nacionales, provinciales e individuales. Entre las muchas exposiciones realizadas, merece mencionar la de Londres, en el año 1975, por las circunstancias que en ella concurren. Tuvo lugar en la “Sixty One (Tempra) Gallery Limited“ y fué inaugurada por el Embajador de España D. Manuel Fraga Iribarne, dando la circunstancia, que a unos ciento cincuenta metros de la galería y en el día de la inauguración, había hecho explosión una bomba terrorista unas horas antes de aquella. Entre cascotes y cordones policiales que pedían identificación, fueron llegando los invitados, y a pesar de este hecho, la afluencia de público y las ventas fueron abundantes, dándome la gente el nombre de “Explosivo Ricolópez“. Posteriormente, la directora de la galería citada en el párrafo anterior, Françoise Tempra, formó un cuarteto entre sus pintores, en el cual me incluyó, para hacer exposiciones itinerantes con sus obras pictóricas. En agosto de 1976, realiza una exhibición titulada “Lyrisme Dans L´Art Contemporain” en el Palais de L`Europe de París. El mismo año, presenta otra exposición titulada “Lyricism and Neo-Tradition in Contemporary Spanish Art”, en celebración de la America´s Bicentennial de 1976, en la “Chicago International Trade Exposition”. En el año 1990, mi esposa y yo, decidimos, aparte del estudio de Valencia, montar otro estudio en Miami, porque todos nuestros hijos vivían en diferente estados de U.S.A, por razones que no vienen al caso, Dulce María, casada, y Francisco Juan, soltero, en Miami, y Emilia, casada, en Tennessee. En el citado año, nosotros entramos en dicha ciudad de Miami como residentes hasta el 10 de mayo del 2010, y como ciudadanos americanos desde esta fecha hasta la actualidad, sin perder la nacionalidad española. Durante este periodo americano, compartimos nuestras vidas entre España y América, realizando mi actividad pictórica indistintamente tanto en un lado como en otro. Mi vida ha sido muy activa y aleccionadora en esta larga estancia en América. Visitamos con frecuencia Hawai, Las Vegas, el Gran Cañón del Colorado, Chicago, San Francisco, Tennessee, San Luis etc. La naturaleza, que tanto enseña a los pintores, es agresiva y exuberante, las montañas son majestuosas y variopintas, las llanuras son inmensas como si no tuvieran fin, los cauces de los ríos son anchos y muy profundos llegando a veces a un kilómetro, los árboles son enormes, las ciudades con tremendos rascacielos que desafían la Ley de la Gravedad. En resumen, toda esta actividad americana y toda esta contemplación de esta tremenda naturaleza, han influido en gran manera en mi formación humana y en mi personalidad artística.

Útimamente, en esta etapa americana, mi pintuta se hace surrealista dando lugar a una serie de cuadros con mujeres envueltas en unos tules blancos, que representan la gracia natural que ellas tienen para hacer la vida más humana y más amable, y todo ello como homenaje al éxito que han obtenido en la sociedad consiguiendo igualdad de derechos con los hombres.

A partir de este momento vamos a ir recorriendo mi actividad artística, para lo cual vamos a considerarla por quinquenios, pues mi curriculum, dada mi avanzada edad y por la gran actividad que he desarrollado, es muy extenso y nos llevaría bastante tiempo describirlo anualmente. Por otra parte, después de esta exposición rápida de mi ajetreada vida de juventud, se puede contestar a la pregunta del principio de este análisis. Mi pintura es como una nostalgia de las cosas pasadas y un amor por las cosas sencillas, cargada de ideas, impresiones, conceptos e imágenes, que constituyen una tremenda carga espiritual que trato de transmitir a mi prójimo, no para darles sentimientos pesimistas sino sentimientos positivos de paz , felicidad y amor. Después de este recorrido desde mi niñez hasta el primer quinquenio que sigue, quiero destacar- sin ánimo de ser presuntuoso- la gran tenacidad que me ha guiado, propia de las personas de mi tierra, Yecla. Y mi trayectoria humana, en el esfuerzo por esquivar toda clase de ataduras que pudieran apartarme de mi verdadera vocación de pintor. La profesión de ingeniero, no fué obstáculo para ahondar en el estudio de la pintura, tanto en la citada Escuela de Bellas Artes, en el Círculo de Bellas Artes y en el estudio del pintor Manuel Sigüenza, lo cual explica la gran influencia que este Maestro valenciano tuvo en mis primeros cuadros. La influencia americana ha calado en gran manera en mi actividad pictórica, colmando el vaso de mi formación europea ya existente, dando a mi pintura vibrantes entonaciones cromáticas con una gran fuerza expresiva y una riqueza colorista, brillante, fuerte y, a la vez, sobria, manteniendo el buen hacer que personaliza mi pintura, y que por mi gran contribución al enriquecimiento de la cultura americana, ha dado lugar a la obtención de la Llave de Miami y a Diplomas y Premios en esta ciudad y sus municipios, y el Premio “Featured Artist“ en Chicago, Milwaukee y Madison. No obstante, siempre he tratado de perfeccionar mi trabajo artístico superando las enseñanzas e influencias recibidas, y el duro aprendizaje del estudio de los grandes maestros, de técnicas y materiales, y la minuciosa observación de la naturaleza, para encontrar en mí mismo motivaciones introspectivas, buscando siempre la originalidad de una representación personal, basada en mi carga espiritual de los años de juventud, con el fin de hacerme maestro de mí mismo y dueño de un estilo muy personal y humanizado. Por otra parte, no quiero pasar por alto la razón que me hizo albergar la idea de donar parte de mi obra pictórica a mi ciudad natal, Yecla. Pues, cuando hice la exposición en el Museo de las Casas Reales de Santo Domingo (República Dominicana) en diciembre del año 2003, invité a la Directora de la Consellería de Cultura, Educación y Deporte de la Generalitat de Valencia, Dª Consuelo Ciscar, la cual me contestó con una carta fechada el 1 de diciembre del referido año, agradeciéndome dicha invitación y mostrando su gran satisfacción, de que la presencia de artistas valencianos es cada día mayor alrededor del mundo, haciéndome llegar su más sincera felicitación, con la seguridad de que la muestra gozará de gran acogida y magnífico éxito. Pues bien, este hecho produjo en mi alma una gran satisfacción y, a su vez, una gran tristeza, porque echaba de menos la felicitación de mis paisanos murcianos y yeclanos. Entonces, surgió en mi la necesidad de tener más presencia pictórica en mi tierra natal, y pensé hacer una exposición retrospectiva de mi obra en el Museo de Bellas Artes de Murcia y, posteriormente, donar esa obra al pueblo de Yecla, para la ejecución del Museo RICOLÓPEZ, cuya idea ha sido apoyada por los diferentes alcaldes de dicho municipio para hacerla realidad, lo cual ha tenido lugar en los años 2012 y 2013, según puede comprobarse al final de mi curriculum.

Los retratos

Un capítulo importante de mi actividad pictórica lo constituyenlos retratos.Pues la bondad de ellos radica, en que el pintor va profundizado en el estudio de su composición, y no apunta sólo hacia el enfoque de la expresión psicológica del personaje retratado, sino que instituye una nueva relación entre figura y espacio, por la que el personaje es evocado en una dimensión profundamente existencial, de acuerdo con las habilidades y aficiones de la persona retratada, para poder definir perfectamente la personalidad de la misma con muy buen parecido físico.

Esta cualidad retratista ha dado fama a mis retratos, tanto en España como en U.S.A.

Mis pinturas forman parte de colecciones públicas y privadas en todo el mundo. Me preocupa extraordinariamente la calidad de mis obras y la duración de las mismas en el futuro, utilizando telas y materiales para preparación de estas de calidad superior, dando lugar a obras maestras únicas. Soy miembro del Museo de Arte Moderno de New York y del Museo de Arte de Miami.

Epílogo

Agradezco profundamente a todos los que han hecho posible esta exposición retrospectiva de Murcia y así lo consigno expresamente en los créditos del catálogo correspondiente. Esta exposición, a mi avanzada edad, representa el reconocimiento de mi tierra a toda una vida de dedicación al arte pictórico. Yecla y Murcia me dieron la vida; mi inspiración y mi sustento ha sido siempre mi esposa, Josefina. Y si es cierto que, como buen yeclano he sido errante y he recibido mucho de Valencia, donde he criado a mis hijos, he recibido principalmente mi formación pictórica y me considero también pintor valenciano y, actualmente, de los Estados Unidos de América, pero mis sentimientos nacen y ha de morir en mi patria chica. De ahí la importancia que para mí y para mi familia tiene esta exposición presidida por las más altas instancias regionales. Si el ciclo murciano empezó con una Exposición en la Diputación Provincial el año 1964, en la que recibí favorable crítica del ilustre periodista, Cronista de la ciudad de Murcia, don Carlos Valcárcer Mayor, la actual exposición se realiza bajo las buenaventuras de su hijo, y no menos insigne murciano el Excmo. Sr. don Ramón- Luis Valcárcer Siso, Presidente de la Región.

Y es que, a mayor abundamiento, la presente exhibición murciana es el preámbulo que nos ha abierto la puerta de un hito de mayor significación, cual es la donación a mi ciudad natal, Yecla, no sólo de los cuadros de esta exposición, sino de todos mis archivos gráficos documentales para acrecentar con todo este material los fondos artísticos de la Casa Municipal de cultura de Yecla, que –además de sus museos y archivos-, ya cuentan con las fundaciones de Castillo-Puche, de Pablo Corbalán y el legado de Francisco Rico, que unido al Museo de Pintura Ricolópez, devolverán a mi pueblo el fruto de mi ausencia. He recorrido con mi obra medio mundo y ahora, cuando la lógica de la vida me dice que estoy cerca de pasar a otro mejor, queremos Josefina y yo, que los fondos pictóricos que hemos podido conservar, formen un legado que incremente la riqueza patrimonial de Yecla, y por ende de Murcia, y sirvan de didáctica y estímulo creativo para los jóvenes que lo visiten. Los sucesivos alcaldes que han presidido el municipio, acogieron con agrado esta idea. Finalmente, nuestro actual primer edil Marcos Ortuño Soto, es el que ha recibido esta aportación de un yeclano que lo es hasta la médula y que ama profundamente las tierras y las personas que conforman este municipio fronterizo, cuya alma ha sido descrita magistralmente por Azorín y Castillo-Puche. Termino con una palabra sencilla y profunda: gracias.

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